La otra orilla

miércoles, febrero 28, 2007

CUESTIÓN DE TIEMPO
El tiempo es el que me saca de la cama todas las mañanas, en un rifi-rafe que dura cinco de sus minutos y que siempre pierdo.
Dos minutos las tostadas, tres el café y cinco su fusión en mi estómago. Veinte para la ducha de agua bien caliente y dos minutos encerrada en mi albornoz, sacudiéndome las gotas de la cara y pensando si vale la pena vestirse. Qué me pongo en tres minutos, cero en peinarme y diez segundos en coger bolsa y llaves para salir a la calle.
Doce minutos de metro y horas de clases. Es lo que tiene el miércoles. Agua, café y comida entre clase y clase. Anochece a las 18:45 y llego a casa poco antes de las diez.
Mi reloj en la muñeca es la agenda que me recuerda la hora exacta de donde debo estar y, por lo tanto, de lo que debo hacer. Mi vida entera depende de la ejecución de cada uno de sus segundos. Aperentemente el orden es así de sencillo. Aparentemente, porque mi tiempo, a pesar de lo descrito es desordenado. Y es que a veces tengo la sensación de que no vivo en un tiempo real.
Mi sobrina Alba dice que vivo en el futuro porque tengo todos mis relojes adelantados diez minutos y mi madre dice que siempre tengo tiempo para hacer todo lo que los demás no les da tiempo. Yo, no me quito la sensación de pérdida de tiempo y el médico me dice que tengo ansiedad por falta del mismo. Cuando digo que soy estudiante y pluriempleada me preguntan de dónde saco el tiempo y mis sobrinos me agradecen que les dedique tiempo. Los espacios con mis amigas rara vez se miden por horasy en la Taverna me preguntan si vivo allí (algo parecido se deben preguntar en Ministerio de Educación).
Y es que ni las horas pasan en 60 minutos ni los minutos en segundo. Al fin de cuentas el tiempo no es más que otra regla convecional de nuestra sociedad.
Así que me voy a quedar con el "otro tiempo", ese que empieza cuando dejo mi reloj en la mesilla de noche. El de los días de reencuentros, las horas que pasan tomando un café, los minutos de espera mientras te espero, los segundos en el fondo del mar o una milésima (con una milésima me basta para parar el tiempo) mirándote.

martes, febrero 20, 2007

FUTURO Y PASADO DEL CARNAVAL
Irremediablemente me viene a la cabeza los carnavales del año pasado: compañía, excesos, locuras y disfraz; y lo comparo con los de este año: ausencia, sin excesos, sin locura y sin disfraz. Exactamente, instante por instante, todo lo contrario. Si la historia se repite a la inversa, este jueves no voy besarte... y el viernes me voy a enamorar de ti.

jueves, febrero 15, 2007


A MANO AMADA
A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;
allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.
Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.
Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.

Ángel González

martes, febrero 13, 2007

DEDICATORIA I
La primera vez
Me apresuro en besar el recorrido de tu cuerpo, ciego ya por conocido. Te dejas hacer y haces sin la torpeza de las primeras caricias, reloj de arena detenido en tus labios. Me desprendo de las sombras y en el primer contacto de mis dedos con tu cuerpo sin fronteras, cambia la textura de tu piel. Te pregunto con humor si necesitas una manta para el frío, a lo que tú respondes, mucho más serio:
"No han sido tus manos, ha sido tu sonrisa. Como la primera vez".

domingo, febrero 11, 2007



PORQUÉ TE COJO DE LA MANO

Todas las mañanas entrábamos en el baño por orden cronológico. A los que todavía íbamos al cole nos tocaba hacer cola, momento que aprovechábamos para tener las primeras discusiones. Yo iba detrás de mi hermano Carlos y, mientras esperaba mi turno, apoyaba la cabeza en el marco de la puerta y me quedaba embobada mirando cómo se lavaba las manos. Dejaba deslizar el jabón entre sus dedos, una y otra vez, en un ejercicio completamente inusual para un niño de su edad. Cuando acababa, lanzaba un chasquido de agua sobre mi cara, "¡te toca!". Conseguía arrancarme la primera sonrisa del día.

Me encantaban sus manos y no tardé en darme cuenta de que no sólo me gustaban las suyas, sino que me llamaban la atención en general. Recuerdo especialmente las de una monja de mi colegio, suaves, blancas y que nunca envejecían. Las de mi padre, que desprendían tanto calor que parecía que llevaba guantes cuando paseábamos por la calle.

Observarlas se ha convertido, hasta hoy, en una costumbre rutinaria. Es en lo primero que me fijo cuando conozco a una persona.Incluso casi antes de mirarle a los ojos, le miro las manos.

Me gustan las manos que seducen sin tocarte y al tocarte, las que hablan o las que transportan a las palabras para hacerlas más comprensibles.

Me gustan las manos que abrazan, las que buscan un punto de apoyo para escucharte atentamente, las que se ofrecen a acompañarte en la rutina, las que te invitan a entrar o a salir, las que te piden que te quedes.

Coger de la mano a las personas que quiero se ha convertido para mí en una forma de abrazar. No sé si por defecto de cariño o por exceso de timidez, el caso es que la extensión completa del brazo para abarcar todo lo posible a la otra persona, me cuesta horrores. En su defecto acerco mi mano todo lo que puedo, la acoplo, la rozo o juego con los dedos para que sepan, en este diálogo aparentemente mudo, lo mucho que las quiero o las necesito.







miércoles, febrero 07, 2007

"Paren el mundo que yo me bajo aquí" (Mafalda)
El domingo estuve todo el día en Valencia, dormí en Vinaròs y amanecí camino de Barcelona. Ya en la ciudad, desayuné palabras en una cafetería con mucho encanto. Deberíamos desayunar palabras todos los días, es una manera estupenda de comenzar la jornada, sobre todo si la conversación es tan agradable.
La rutina que tenía que empezar entonces me obligaba a ir a clase, pero decidí detenerme en una librería (la tentación me puede) cuando estaba de camino. Compré un libro de sintaxis por obligación y uno de Borges por pura devoción. "El libro de arena", una pequeña selección de cuentos que seguro me sabrá a poco. Recibo una media de dos llamadas por minuto, todo el mundo quiere darme la buena noticia: mañana David vuelve a casa. Como con Enma que, disgustada, me suelta todos los problemas que hay en el piso que pago pero que apenas habito. Harta de la mala convivencia me plantea buscar otro más pequeño para compartir a medias. Me parece bien, hoy todo me parece bien. No veo problemas por ninguna parte y planteo el problema desde otra perspectiva más optimista, cosa que le relaja. A partir del mes que viene buscaremos algo habitable y/o económico. Después de las clases de la tarde vuelvo a quedar con Enma para comprar algo de cena y volver a casa. Estoy tan cansada que me quedo frita en el sofá.
Me despierta mi hermano para preguntarme cuándo vuelvo a casa. Muy sutilmente me sugiere que debería estar en Vinaròs antes del mediodía. Lo hago, a pesar de disponer de poco tiempo. Llego un poquito después que mi hermana y David. Lo como a besos y le recuerdo que está a régimen de plaquetas. Sonríe. Él, siempre sonríe. Sigo con David mientras mi hermana me organiza toda la semana, que incluye viaje a Valencia, visita a hospitales y ocuparme de las ocupaciones de Alba. No la escucho.
Mi cuñada me reclama por otros frentes: el camarero se ha puesto enfermo. Reniego de mi salud de hierro mientras le saco del apuro y me voy a trabajar. No me importa, aunque tengo un montón de cosas que hacer.
Cuando llego a casa ya es tarde para todo. Me meto en la cama y me tapo hasta la cabeza. Malditos pies helados. Por cierto, ¿qué día es hoy?
Poco a poco me voy alejando de este mundo para entrar el el de Borges. Las letras me arropan y me dan el último beso de buenas noches mientras me quedo dormida.