La otra orilla

jueves, marzo 15, 2007

CON ALEGRÍA
Ayer tarde entré en un pequeño y escondido comercio del centro de Barcelona. No buscaba nada en concreto, pero me llamó la atención un rótulo escrito a mano, con una caligrafía perfecta que decía "Aquí no vendemos artículos de magia sino cosas mágicas". La puerta era muy pequeña y sin embargo una vez dentro su altura no parecía tener fin. Habían artículos de todo tipo, brujas, libros, cajas de música, juegos de mesa, aunque yo me detuve en una caja minúscula, del tamaño de un dedal, que había en el mostrador. Siempre me han gustado las cajas. De pequeña las utilizaba para guardar tesoros y, hoy por hoy, cuatro son mis preferidas: una llena de postales que me enviaron amigos para compartir un lugar del mundo, otra donde guardo mi colección de puntos de libro, una cagetilla de cigarros metalizada donde guardo entradas de cine y otra naranja con una amistad pintada en letras verdes. Curioso que tenga tantas cajas, teniendo en cuenta el cajón desastre que es mi vida...
"¿Te gusta?", me preguntó la dependienta, "Bueno, no sé si me cabría gran cosa..."
"Más de las que te imaginas. Es una caja sin fondo. En ella sólo caben los tesoros especiales , aquellos que no se olvidan. No tienes que pensar en las cosas que caben sino en aquellas que quieras que nunca se acaben. Sólo tienes que sentirlo y la caja se irá haciendo cada vez más grande".
Me quedé tan maravillada con la respuesta que decidí quedármela. Me parecía tan pequeña y tan frágil que la encerré en la palma de mi mano de camino a casa. Las Ramblas repletas de gente me hicieron recordar nuestro paseo justo hace una semana, cuando descubrí la ciudad con entusiasmo sólo porque lo hacía con vosotras, la alegría de ver "alegría" con alegría, cambiar un billete de avión por una paella en Vinaròs, las horas, los segundos y las milésimas de segundo, todo lo que cabe en los espacios que compartimos y que siempre me saben a poco.
En estos recuerdos andaba yo enfrascada, con alguna sonrisa y mucha nostalgia, cuando noté que la palma de mi mano se agrandaba y que, misteriosamente, la cajita del tamaño de un dedal ya no me cabía en la mano.

















1 Comments:

At 11:03 a. m., Blogger Mármara said...

Preciosa historia. Me ha recordado, nop sé por qué, a Harry Potter.

 

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